Recuerdo que pasaron su concierto del Azteca en la tele. Mi madre había ido esa noche. yo estaba de en casa de mis tías viendo lo que a mi madre le gustaba tanto como para salir de casa muy tarde y volver cuando yo ya estaba dormido. En la pantalla el estadio “más grande” del mundo estaba a oscuras. Sentí eso que ahora puedo decir es “emoción colectiva” pero que entonces eran unas cosquillas extrañas.
Jackson emerge del escenario porque los dos son parte de la misma cosa. Una enorme cortina de fuego llena por varios minutos el fondo e ilumina su figura brillante. Mira a todo el mundo a través de sus lentes como diciendo: es hora gente, no los voy a dejar cerrar la boca. Arroja los lentes y se escucha ese golpe de música callejera, de hip-hop: Jam. Entonces fui reconociendo todas las canciones. Las conocía de pe a pa y las cantaba en mi limitadísimo inglés. Sin saberlo había crecido con ellas. Pronto vinieron los bailes, las ganas de cambiar el mundo, el Super Bowl, “ándale, baila como maicol jacson”. Y bailar como él, era bailar solo; como una figura que se perdía entre la gente dando giros, transformándose con el aire. Y ahí iba fernandito a hacer el moonwalker que nunca le salió bien pero que practicaba en la oscuridad donde bailaba con los ojos cerrados.

Un par de años antes mi madre sacó su tocadiscos: yo le pedía que me pusiera el de USA for Africa y el de Bad. Ese es de mis primeros recuerdos.
En la clase de inglés nos ponían aprendernos canciones: Heal The World, Will You Be There (o mejor dicho, la de Liberen a Willy). Alguien tenía que decir el discurso a la mitad de la larguísima canción. Recuerdo que Gina y yo nos lo aprendimos. Al final nadie lo dijo.
Siempre le adelantábamos el coro de ángeles. Aparecía el piano y todos listos: a cantar y qué horrible debió haberse escuchado.
Después mi madre me regaló el disco de Dangerous, cuando recién compramos un armatoste reproductor de 5 cd’s. ¡Qué portada más extraña la del disco! Me gustaba; también el video de Leave Me Alone con el elefante; el del conejo motociclista; Beat it y esa guitarra que después sabría era de Eddie Van Halen y que en mis días de secundaria sería una meta como guitarrista.
No lo voy a extrañar por que su presencia se había esfumado desde hace tiempo. Su música es parte de mi memoria; como fernandito también lo es. En algún lugar leí que la felicidad está en los recuerdos y sobretodo en su transformación, en distorsionarlos lo suficiente como para que nos causen orgullo y placer: eran buenos tiempos aquellos; tiempos fraccionados en tracks e interrumpidos por silencios terribles.
Posted in Lloriqueos, cuando camino me pierdo, sensibleria habitual
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