wide sea of eyes

I know this is a strange way of telling you that I know we belong

Crónica de viaje fallida

October 28, 2007

Este post debiera tratarse de mi visita a Chiapas, a San Juan Chamula y de que canté unas cuantas canciones con el coro de mi facturad en un festival internacional (Cervantino-Barroco), pero no sé, no me siento apto para crónicas (al menos no hoy).

Los recuerdos son incontrolables, sorpresivos y molestos (y rara vez felices). Y aunque no pueden ser rastreados siempre están latentes. Así una calle, una estatua, alguna música o incluso el más simple de los objetos toma una utilidad muy distinta; la de revisitar, la de infringir en realidades que de otra manera no podrían ser alcanzadas a tal profundidad.

Salí de México con la memoria cansada y unos cuantos orgullos; la cita fue en CU. Nunca me es ordinario mirar el estadio, pero esta vez mi visión ahondo en mi infancia. Enfrente rectoría; un edificio que hace diez años para mi no tenía la menor importancia y del que ahora parecía emanaba una orden; la de enorgullecerla.

Diecisiete horas son demasiadas para sentarse, cruzar la mitad del país, dormir a medias, comer aún menos y cantar como popero gringo. Una pancarta nos da la bienvenida al hotel; nunca la vi (porque no traigo lentes) pero la sensación fue fantástica, me sentí un poco repuesto. Enseguida un ensayo que a pesar de ser rapidísimo es terriblemente agotador al combinarlo con ese viaje tan largo. El director usando las últimas armas para hacernos funcionar decentemente; el grito y el enojo. Funcionan. La medida es dura pero excelente. Al fi nos da una tregua para ir a agotar el buffet que se sirvió en el hotel para nosotros. Nos reciben con vino tinto que sabe a agua de Jamaica. Me sirvo doble plato y aún tengo hambre; doble plato y digo que está bien que “comeré ligero” para la presentación; lógico y raro. Repartición de cuartos. Empiezan los problemas. Tenemos un cuarto de hotel lindo, me acuerdo de un poco de mi madre. Los problemas se hacen evidentes. Estoy en el limbo: simpatizó con ambas partes.

Felicitaciones por parte de los músicos; son muy simpáticos. Llamadas de atención por parte del director: a cambiarnos, a ensayar de nuevo. Los viejos coralistas viejos felicitan a los nuevos, nos desean suerte y hay algo de fraterno en todo; aunque también de hipocresía me temo. Creo que la hipocresía es asquerosa y fundamental para que un grupo grande funcione.

Ensayo con máscaras: todo parece salir apresurado y bien. Concentración en camerinos, brindis con tequila; he recuperado lo que me faltaba de garganta tras 17 de cantar como popero gringo en el camión y de ver a The Cure. Se dan las últimas indicaciones y salen los “titulares” del coro a escena.

EL concierto corrió con regularidad: Milonga Triste es tristísima, me recuerda cosas, no debiera; Un Mundo raro es fantástica, la primera canción de Literatura Fantástica popular mexicana (según yo: “Di que vienes de allá, de un mundo raro…que triunfe en el amor y que nunca he llorado” por favor, eso es pura Literatura Fantástica).

Tan pronto salimos creo que quisimos olvidarnos de las presiones que tuvimos: yo hasta soñaba con regaños del director. No quiero hablar demasiado de esa noche: sólo diré que baile, que bebí cosas horribles y desperté a más de uno con mi versión de Al Lado del Camino y de Wonderwall. Cubrieron el cuarto con liquido fosforescente y la atmosfera era muy linda aunque a veces molesta por que no podía ver nada.

Sin demeritar la presentación, lo que vimos al día siguiente fue lo más impresionante y fuera de mi mundo occidental que puedo conocer; aunque pensándolo ben es no más que una consecuencia natural de la occidentalización: San Juan Chamula. Me dio la impresión de que viajaba en el tiempo a apenas “20 minutos” antes, donde las comunidades humanas se regían desde dentro y habían aprendido a aprovechar muy bien sus facultades; ahora ya tengo mis dudas. Adopté una rana psicodélica junto con Mariana que se llama Lucy (LSD).

De vuelta visitamos el centro de San Cristóbal de las Casas; nada impresionante salvo por el terrible estado de la Catedral de Santo Domingo y una galería de arte donde conocimos al artista: muy buen tipo además de ser un pintor competente, crítico, elegante y sencillo de leer. Volvimos esa noche, no sin dejar de agradecer a quienes nos atendieron en el hotel: “pido un aplauso…” por quien hacía los postres: ¡¡Postre Diario!! ¡Y qué postres! ¡Qué manejo del azúcar! ¡Qué facilidad en el caramelizado!

Así volví a México: cansado y contento, sin batería en el Zen y nada en la cabeza. Creo que daba para un buen balance. Quizá ya se olvidaron de lo melancólico que me puse al inicio del post. Pues yo también me había olvidado de mi melancolía al volver a México y TOMA…Volver a México fue nada mas para recobrarla, volver al trajín cansado y patético de vida, volví también a pagar una cuenta que debía (y que al ver la magnitud del hecho, al vivirla me doy cuenta de que me falta bastante por pagar; deuda que soportaré estoicamente). ¿Que de qué diablos les hablo? Hagan de cuenta de que uno mata un gato hace tiempo y que ahora le mataron uno que importaba mucho menos; es terrible como eco del primer gato.

El Elegido

October 11, 2007

Fernando García

No recuerdo su nombre; es algo extraño este olvido. Sé que alguna vez lo tenía tan claro como cualquier parte de mi rutina, ya fuera Ismael el conserje, Abraham el mensajero o cualquiera de los de la oficina. Cuando murió me tocó vaciar su escritorio; soy el vigilante. Encontré un cuaderno, un diario que llevaba registro esporádico de su vida; lamentablemente su habilidad como escritor hace al texto casi ininteligible, pero me he dado a la tarea de contar una de las historias que contiene, no sólo por su particularidad sino por que hoy me ha dado por escribir, costumbre muy rara en lunes.

El tipo era vanidoso, crédulo y acaso, mostraba algunos signos de bondad; nada impresionante. Si en la oficina se premiara al más bondadoso del edificio sin duda que él no ganaría. Mucho menos habría recibido el premio el día en que su coche no arrancó; su ira, podría decirse estaba justificada. Este era un hombre obediente, sumiso incluso a los manuales de usuario (costumbre extraña en estos días) por lo que rara vez se descomponía algo de su pertenencia. No creo que alguna vez haya usado una garantía.

Volvió al departamento, se lavó las manos ya muy manchadas de grasa y tomó el primer libro que el azar (o Dios, o las estrellas) le depararon: El Conocimiento; un manual predecible que por medio de la luz y la palabra muestra cómo comportarse en la tierra; además contiene un instructivo para cuidar el alma.

Tomó un camión, sintió algunos segundos de esa nostalgia que añora los años de juventud. Comenzó a leer el libro, que aunque era corto, no parecía como para que lo leyera tan rápido. Es todo un milagro que un lector tan poco entrenado como él lograra tal hazaña por sencillo que fuese el texto. A él le pareció natural leer tan rápido. Para cuando bajó del autobús, se sintió instruido con ese torrente de reglas sencillas de seguir para un hombre tan orgulloso de su habilidad para acatar y funcionar a favor de la sociedad.

Cruzó la puerta del edificio y me dio un breve pero cálido saludo; era de esas personas especiales intrínsecamente, de las que la gente usualmente dice “es que tiene algo que no sé qué”. Siguió su camino y llegó al recibidor junto a los elevadores; se miró frente a una pared repleta de espejos cuya posición hacían pensar no sólo en el infinito, sino en los movimientos múltiples alejándose hasta Él, en la velocidad de la luz y demás maravillas que a él le parecían “cosa de científicos”.

Al fin sonó el timbre y fue momento de enfrentarse al elevador. Antes de que reemplazaran el armatoste era una lucha diaria, una acumulación de ruidos que a fuerza de acostumbrarse se tornaban en sonidos. No se sabía en que año había sido si quiera instalado y las palabras en la placa se habían desgastado ya hace mucho, tanto, pensábamos, que solíamos divagar acerca de la inmortalidad de las máquinas.

Subió, presionó el botón de su piso: el siete. Mientras esperaba examinó su traje italiano, el perfecto nudo de la corbata y el peinado. Todo había sido escogido con la perfección de la rutina salvo los calcetines. ¡No combinaban! Ese fue otro error que jamás le había sucedido; yo habría apostado lo que fuera a que ese no podía sucederle a él. La vanidad era otro de sus errores; uno frecuente en la mayoría de las oficinas. Sabía que al caminar rumbo a su cubículo, alguien lo vería y no perdería la oportunidad de hacerlo notar ante todos. Decidió quitárselos para que el color de su piel, a la distancia, se confundiera con par de perfectos calcetines negros.

Con los zapatos en mano sintió un calor indescriptible en sus pies; hogareño pero a la vez fuera de este mundo. Se olvidó incluso de que estaba descalzo. Recibió un mensaje. Quizá fuesen los ruidos del elevador, la memoria, alguna enfermedad mental. Él lo describe como un lenguaje desconocido que entendía a la perfección; algo como el vaivén del mar o el rumor del aire (“quien sabe qué lengua, pero como las olas o el aire”).

El mensaje venía de parte de Dios, declaraba que él era el único y el primero, dictaba órdenes nuevas y decía palabras amorosas. El tipo no supo distinguir, creyó que todo lo que entendía no era más que algo que ya había leído o escuchado de boca de sus tías, o de pequeño, cuando su abuela lo amenazaba con el diablo. Pensó que Dios vendría con más luces, temblores o al menos tangible y con alas de colores. Era su piso, bajó y no hizo más caso del episodio; “la vida sigue” dice en su texto.

No pudo olvidar el episodio, murió antes de que eso sucediera. Los doctores jamás acordaron la causa; uno atrevió a decir que lo que lo mató fue un hongo que entró por sus pies. El día de su entierro fue de los más soleados y nada intervino con el rito católico.