Nada importa, los años me han hablado claramente, y la voz de los años es la voz de Dios

El Elegido

Fernando García

No recuerdo su nombre; es algo extraño este olvido. Sé que alguna vez lo tenía tan claro como cualquier parte de mi rutina, ya fuera Ismael el conserje, Abraham el mensajero o cualquiera de los de la oficina. Cuando murió me tocó vaciar su escritorio; soy el vigilante. Encontré un cuaderno, un diario que llevaba registro esporádico de su vida; lamentablemente su habilidad como escritor hace al texto casi ininteligible, pero me he dado a la tarea de contar una de las historias que contiene, no sólo por su particularidad sino por que hoy me ha dado por escribir, costumbre muy rara en lunes.

El tipo era vanidoso, crédulo y acaso, mostraba algunos signos de bondad; nada impresionante. Si en la oficina se premiara al más bondadoso del edificio sin duda que él no ganaría. Mucho menos habría recibido el premio el día en que su coche no arrancó; su ira, podría decirse estaba justificada. Este era un hombre obediente, sumiso incluso a los manuales de usuario (costumbre extraña en estos días) por lo que rara vez se descomponía algo de su pertenencia. No creo que alguna vez haya usado una garantía.

Volvió al departamento, se lavó las manos ya muy manchadas de grasa y tomó el primer libro que el azar (o Dios, o las estrellas) le depararon: El Conocimiento; un manual predecible que por medio de la luz y la palabra muestra cómo comportarse en la tierra; además contiene un instructivo para cuidar el alma.

Tomó un camión, sintió algunos segundos de esa nostalgia que añora los años de juventud. Comenzó a leer el libro, que aunque era corto, no parecía como para que lo leyera tan rápido. Es todo un milagro que un lector tan poco entrenado como él lograra tal hazaña por sencillo que fuese el texto. A él le pareció natural leer tan rápido. Para cuando bajó del autobús, se sintió instruido con ese torrente de reglas sencillas de seguir para un hombre tan orgulloso de su habilidad para acatar y funcionar a favor de la sociedad.

Cruzó la puerta del edificio y me dio un breve pero cálido saludo; era de esas personas especiales intrínsecamente, de las que la gente usualmente dice “es que tiene algo que no sé qué”. Siguió su camino y llegó al recibidor junto a los elevadores; se miró frente a una pared repleta de espejos cuya posición hacían pensar no sólo en el infinito, sino en los movimientos múltiples alejándose hasta Él, en la velocidad de la luz y demás maravillas que a él le parecían “cosa de científicos”.

Al fin sonó el timbre y fue momento de enfrentarse al elevador. Antes de que reemplazaran el armatoste era una lucha diaria, una acumulación de ruidos que a fuerza de acostumbrarse se tornaban en sonidos. No se sabía en que año había sido si quiera instalado y las palabras en la placa se habían desgastado ya hace mucho, tanto, pensábamos, que solíamos divagar acerca de la inmortalidad de las máquinas.

Subió, presionó el botón de su piso: el siete. Mientras esperaba examinó su traje italiano, el perfecto nudo de la corbata y el peinado. Todo había sido escogido con la perfección de la rutina salvo los calcetines. ¡No combinaban! Ese fue otro error que jamás le había sucedido; yo habría apostado lo que fuera a que ese no podía sucederle a él. La vanidad era otro de sus errores; uno frecuente en la mayoría de las oficinas. Sabía que al caminar rumbo a su cubículo, alguien lo vería y no perdería la oportunidad de hacerlo notar ante todos. Decidió quitárselos para que el color de su piel, a la distancia, se confundiera con par de perfectos calcetines negros.

Con los zapatos en mano sintió un calor indescriptible en sus pies; hogareño pero a la vez fuera de este mundo. Se olvidó incluso de que estaba descalzo. Recibió un mensaje. Quizá fuesen los ruidos del elevador, la memoria, alguna enfermedad mental. Él lo describe como un lenguaje desconocido que entendía a la perfección; algo como el vaivén del mar o el rumor del aire (“quien sabe qué lengua, pero como las olas o el aire”).

El mensaje venía de parte de Dios, declaraba que él era el único y el primero, dictaba órdenes nuevas y decía palabras amorosas. El tipo no supo distinguir, creyó que todo lo que entendía no era más que algo que ya había leído o escuchado de boca de sus tías, o de pequeño, cuando su abuela lo amenazaba con el diablo. Pensó que Dios vendría con más luces, temblores o al menos tangible y con alas de colores. Era su piso, bajó y no hizo más caso del episodio; “la vida sigue” dice en su texto.

No pudo olvidar el episodio, murió antes de que eso sucediera. Los doctores jamás acordaron la causa; uno atrevió a decir que lo que lo mató fue un hongo que entró por sus pies. El día de su entierro fue de los más soleados y nada intervino con el rito católico.

 

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4 responses

  1. Me quito el sombrero y me pongo de pie… Genial!

    October 12, 2007 at 5:49 pm

  2. me agrada esta nueva version de Fernando reloaded… aunque pensandolo bien, prefiero creer en la evolución. Vas mejorando mucho, bastante creo.

    Por cierto… ya khemeya murio, pero ya te deje mi nuevo link, ojala me actualices cuando tengas tiempo,
    saludos!

    October 13, 2007 at 12:09 am

  3. Sub

    Diablos, diantres, rayos

    como sentencia cayó ese comentario de usted de hace rato “usted no lee, devora libros”. Pensé que en un principio era halago , ahora me asusta!!!

    Gracias al cielo, no tengo en mi sacro santo librero, ningún manualete de superación, ni del alma, ni de nada de eso. Menos mal. Una vez más, gracias Borges.

    Buen texto, espero lo pula un poco más.Siga así, va diversificando más sus historias. abrazos. vibra.

    chau

    October 13, 2007 at 11:55 pm

  4. Lady Stardust

    Wow… I knew it!!! Sabía q los libros d superación personal eran demasiado peligrosos, pero nunca pensé q t dejaran expuesto a los hongos!
    Me gustó mucho, aunq siento q d pronto pierde fuerza.

    October 17, 2007 at 7:11 pm

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